LOS SIGNOS EN LA LITURGIA
 

Signos, símbolos, ritos, gestos... son palabras que con frecuencia usamos y que tienen su importancia y sentido específico en la liturgia. Todos ellos están presentes en nuestras celebraciones. Se entremezclan y hacen posible la comunicación, la expresión. Veamos cada uno de estos elementos por separado, más allá de que en las celebraciones aparezcan muy unidos.

SIGNO

Decía S. Agustín: "El signo es una cosa que, además de la imagen que infunde en los sentidos, hace venir otra cosa diversa de sí al pensamiento."
El Signo implica un doble elemento: significante (lo que percibimos) y significado (lo que entendemos).
Ej.: vemos la luz roja del semáforo (significante) y entendemos ¡deténgase! (significado). Entonces, el signo es un medio de comunicación entre seres inteligentes, que a través de un código son capaces de recibir y transmitir mensajes.
En el caso de la liturgia el signo establece una comunicación entre Dios y el hombre. La relación entre el significado y significante establecida por la fe.

Condiciones del signo:
    Debe ser distinto de la cosa significada.
    Debe depender del significado (y ser más imperfecto que él).
    Debe ser semejante al significado.
    Debe ser más conocido que el significado.
Se debe pasar a través del signo para llegar a la cosa significada (la manifiesta y también la oculta, según se lo entienda o no).
Si la cosa significada es inmediatamente patente, el signo es innecesario.

Clasificación:
 + Signos reales (hay relación causa-efecto con la cosa significada)
    - naturales (no dependen del hombre) [ej.: humo]
    - libres (el hombre establece la relación) [ej.: bandera]
 + Signos de pura razón (objetos no inventados por el hombre,
      convencionalmente tomados como signos) [ej.: arco iris]

La Iglesia es la que determina cuándo algo es un signo y qué significa.
A veces es necesario estudiar el origen histórico de los signos para entenderlos hoy. No se puede estar sujeto a interpretaciones personales.
 

SÍMBOLO

Es una palabra griega que originariamente significaba la unión de dos mitades de un objeto fraccionado (anillo, tabla, etc.) que eran reunidos de manera que coincidieran y servían así para reconocer que el poseedor de una de las mitades era un verdadero huésped o mensajero o parte de un contrato.
Este sentido original de fragmento que remitido a un todo, permite la identificación de las personas, es el que dio origen al nombre de "símbolo" que dieron los cristianos a las fórmulas de profesión de fe.
En la antigüedad cada iglesia local elaboraba su fórmula de fe.  Cuando un cristiano iba de un lugar a otro, el símbolo permitía saber si pertenecía a la misma Iglesia única de Cristo. La expresión de fe de esa Iglesia local era confrontada con la de la otra; si las dos encajaban en la misma fe, era señal de su unidad, vehículo de reconocimiento de ambas con la Iglesia de Cristo.

El símbolo es ante todo un signo, porque me envía un mensaje, pero va más allá. Podríamos decir que todo símbolo es un signo, pero no todo signo es un símbolo.
El signo hemos visto que tiene dos partes: significado y significante. Siempre uno lleva a otro. Todo tiene un sentido concreto, unívoco.
En cambio el símbolo quiere ser expresión de una experiencia profunda. Es decir, que en el símbolo también entran dos elementos: por una parte, una experiencia que adentra sus raíces en el inconsciente de la persona; por otra la expresión externa de la experiencia. Se establece una relación de correspondencia que va más allá de la mera semejanza.
Ej.: de pan están llenas las panaderías; y hay rosas en muchos jardines de la ciudad. Pero sucede que un enamorado ofrece una rosa a la dama de su corazón, o que se deposita una corona de rosas ante un monumento: Entonces la rosa se convierte en símbolo de otra cosa. O resulta que unas personas se reúnen los domingos para ofrecer y comer un poco de pan; entonces el pan se convierte en símbolo, en sacramento de alguien.

El símbolo no busca capturar el significado, sino hacerlo presente, acercarlo.
No agota el significado; es susceptible de varias interpretaciones.
Muestra algo que nos rebasa (no busca aprehender el misterio).

Los símbolos no deben ser explicados durante la celebración.   Si bien es necesaria una formación sobre los símbolos, agotar la explicación del símbolo lo destruye: los símbolos deben significar lo inexplicable (el misterio).   La celebración, si bien es pedagógica, es una fiesta, no una catequesis.
 

DIFERENCIAS ENTRE SIGNO Y SÍMBOLO

Signo
Es utilitario

El sentido es limitado, bien
definido

Nos transmite información,
pertece al orden del cono-
cimiento y afecta a la facul-
tad del conocimiento

Todo está marcado, controlado


Dice

Nos habla-informa

Símbolo
Es gratuito, no tiene utilidad ni uso práctico

El sentido siempre es nuevo e ilimitado


Nos pone en relación, pertenece al orden del
re-conocimiento (yo,otros,cosas...) y afecta a
la totalidad del hombre: inteligencia, senti-
mientos, afectividad, a todo su cuerpo

Es una proposición, nunca es posible deter-
minar los efectos

Dice y hace presente la realidad

Habla por sí mismo, hay que dejarlo hablar,
se contempla. No se explica

¿Qué aporta todo esto a nuestra fe, a nuestras celebraciones?

Nuestra fe nos lleva a entrar en contacto con Dios, un Dios que es misterio, y en cuanto tal es inaccesible, trascendente, inefable.
Siguiendo las leyes de la historia de la salvación y de la liturgia, es precisamente el símbolo el que nos facilita este acceso y este encuentro con el misterio de Dios.
A través de una serie de símbolos cósmicos (agua, luz, pan, vino, aceite, fuego...) Dios se expresa y nosotros nos expresamos, y se produce el encuentro.

El símbolo nos ayuda a acortar las distancias. Lo visible ayuda a captar y experimentar lo invisible, abriéndonos a la presencia misteriosa de Dios. O sea, que el símbolo es mediador del misterio, vínculo de unidad entre lo cósmico-humano-corpóreo y lo trascendente-invisible-mistérico.

No apunta primariamente a la comunicación de un concepto, sino a la comunicación de un sentimiento, de una experiencia, y a la dinámica del encuentro.
No afecta sólo a la mente, sino a la totalidad de la persona humana: nos introduce y nos pone en relación con un orden de cosas que ya el mismo símbolo contiene de alguna manera.

El símbolo, como su misma etimología nos indica, tiene una característica muy importante: crea unidad.
Unidad del hombre con el cosmos, con otros hombres, con su historia...
En el símbolo quedan reunificados y reconocidos lo consciente y lo subconsciente, lo visible y lo invisible, lo presente y lo ausente. Une también la liturgia y la vida.

Lo contrario de este símbolo es el "diábolo", el diablo, la separación, la privación del sentido pleno.

Pero no todo lo que reluce es oro. El símbolo tiene sus peligros, o por lo menos los podemos tener nosotros en el uso del lenguaje simbólico.
El símbolo no es infalible. No garantiza sin más la presencia del misterio ni nuestro encuentro con él.
Aunque lo facilita. Se requiere un esfuerzo para no quedarse sólo en lo humano y llegar a lo trascendente.
Por eso la dinámica del símbolo litúrgico requiere una iniciación para que produzca todo su efecto. Los símbolos litúrgicos tienen toda una serie de resonancias y connotaciones bíblicas, históricas, eclesiales, que de alguna manera hay que aproximar con una catequesis de iniciación.
Si a una acción simbólica le falta la fe interior puede quedar vacía. Sólo nos comunicamos con el misterio en un contexto de fe.

Otro peligro es que nos quedemos en su materialidad externa, sin llegar a la realidad profunda que comporta.
El símbolo siempre es relativo. No debe absolutizarse (Ej.: el pueblo de Israel se quedó con el becerro de oro, y a él le dedicaron sus cantos y sus fiestas: el símbolo no los llevó al Dios que los había salvado).

También se corre el peligro de la rutina. Porque un símbolo no se improvisa, requiere repetición y unión.
De la repetición se pasa a la familiaridad y con un poco más se puede llegar a la muerte del símbolo.

Los extremos son peligrosos, y en referencia al símbolo tenemos que huir de dos extremos: potenciar demasiado los ritos externos (crítica de los profetas y de Cristo) y, potenciar en exceso lo íntimo, interior donde toda la fuerza está en las palabras y las ideas.

Otra exageración extremada se nos presenta en relación a lo objetivo y subjetivo. En el primero todo dependerá de Dios y se sacrificará al hombre, y en el segundo se verá a la liturgia como celebración de nuestra fe, de nuestra historia sacrificando la iniciativa de Dios.
La solución a ambos extremos está en el símbolo bien entendido: ni super-realismo automático, ni mero sentimiento subjetivista.

El símbolo es expresión nuestra, lenguaje humano. Pero a la vez es acción de Cristo y participación en su misterio.
 

RITO

¿Puedo yo tener mis propios símbolos? ¿Me los tienen que dar? ¿surgen de un acuerdo? ¿sirven para todos?
Cada uno a nivel personal puede tener sus símbolos que lo transportan a experiencias profundas, vividas en el pasado, que se hacen presentes a través de símbolos y que lo lanzan para el futuro. También desde lo individual tenemos una serie de comportamientos que repetimos como si hubiera unas normas que así lo marcan.
Sin embargo, a pesar de tener nuestra privacidad, no somos seres aislados. Vivimos en sociedad/comunidad y tenemos ciertas normas, tanto en lo social como en lo religioso.

En el contexto en el que estamos, podemos definir el rito como una acción simbólica (o conjunto de acciones) que se repite regularmente según unas formas prescritas (implícita o explícitamente).

Con el rito se evita la improvisación, que mataría la celebración y une a los participantes sabiendo cómo actuar.
La repetición del gesto nos va permitiendo entrar cada vez un poco más en él, hasta hacerlo totalmente nuestro. Y como la riqueza del símbolo es inagotable, siempre se encuentran en él sentidos nuevos.

Dentro del rito tenemos dos peligros a evitar:
El ritualismo, es decir, cumplir el rito por el rito, olvidándose de aquello para lo que está hecho y sobre todo de aquellos para los que está hecho (Jesús y el sábado). El rito puede achatarse con el legalismo y con el fariseísmo (cumplir todo externamente ¿y lo interno?).
Y el rubricismo. Las rúbricas son las letras pequeñas y rojas que indican en los libros litúrgicos lo que hay que hacer y cómo hacerlo. Llamamos rubricismo a la observancia escrupulosa, pero superficial, de las rúbricas.
 

LA PALABRA Y EL GESTO

Normalmente gesto y palabra se dan la mano en las celebraciones litúrgicas.
Ambas realidades se apoyan mutuamente. Liturgia meramente verbal termina en verborrea insoportable. Si los gestos no fueran ayudados por la palabra, podrían ser signos equívocos.
Pero si el desequilibrio se da de modo fuerte en favor de la palabra y el cuerpo no celebra, la liturgia no conforma ni sacia, ni significa, lo que sería grave.

El hombre necesita tocar, oler, ver, gustar, oír... no conoce ni se expresa sino por sus sentidos.
Necesitamos que la sensibilidad sea "el lugar" en que la palabra engarce y también se convierta en lenguaje, pues no sólo las palabras son lenguaje, sino también los gestos...
¡y también el silencio!

El conocimiento del significado concreto de los diferentes gestos, ritos y símbolos litúrgicos es fundamental para que los misterios que la Iglesia celebra puedan ser plenamente comprendidos y vividos por cuantos participan en ellos.
 

Dimensiones del signo sacramental:

+ es demostrativo de las realidades invisibles presentes
+ es empeñativo de acciones morales futuras (compromiso)
+ es conmemorativo de la historia de salvación,
especialmente del misterio pascual
+ es prefigurativo (profético) del culto en la Jerusalén celeste
 

Bibliografía recomendada:

Gestos y símbolos - J. Aldazábal - Dossiers CPL - Barcelona, 1986
La Iglesia celebra a Jesucristo - P. Argárate - Ed. San Pablo - B. Aires, 1994
Para vivir la Liturgia - J. Lebon - Ed. Verbo Divino - Estella, 1992
Curso Básico de Liturgia - Centro Arquidiocesano de Teología a Distancia - Buenos Aires
Revista Phase nº 160 (p.271 Basurko, p.295 Aldazábal), nº 189 (p.229 Borobio), nº 218 (p.167 Gomis)
Cuadernos Phase nº 49 (p.21 Garneau)
La Iglesia en oración - A. Martimort - Ed. Herder - Barcelona, 1987
El sentido teológico de la Liturgia - Vagaggini - Buenos Aires, 1965
Los signos sacramentales - M. Miani - Ed. Claretiana - 1980

Este artículo originalmente fue confeccionado en base a la bibliogafía recomendada y a la experiencia de los autores, para uso de la Escuela de Servicios y Ministerios de la Diócesis de Viedma (Argentina).


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