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Carta de los Obispos de la Región Patagonia-Comahue

con motivo del bicentenario del nacimiento de Don Bosco
y el centenario del nacimiento de Don Jaime de Nevares

 

 

“Hay más alegría en dar que en recibir” (He 20,35)

 

 

Nos dice el Papa Francisco: “Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y llena de vida contagiosa” (EG 261). Como Obispos en la Patagonia este también es nuestro anhelo más profundo. Estamos convencidos que no podemos dejar pasar este momento de la historia de la Patagonia sin anunciar a todos con audacia, en voz alta, incluso a contracorriente, la Buena Noticia del Evangelio. Anunciarla no solo con palabras sino sobre todo con una vida transformada por Jesús.

Queremos que todos los bautizados asumamos generosamente este llamado misionero, y en la experiencia que “la alegría evangelizadora siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida” (EG 13), los invitamos a hacer juntos memoria agradecida de dos testigos de fe misionera que fueron muy significativos en la primera evangelización de nuestra Patagonia. Ellos ciertamente pueden animarnos en esta nuestra hora de la evangelización en la Patagonia. Nos referimos a Don Bosco y a Don Jaime de Nevares. En este año 2015 estamos celebrando el bicentenario del nacimiento de Don Bosco y el centenario del nacimiento de Don Jaime de Nevares.

Juan Bosco nacía el 16 de agosto de 1815 en I'Becchi (Piamonte, Italia) y Jaime de Nevares el 29 de enero de 1915 en Buenos Aires. Dos vidas en contextos y tiempos muy distintos. Juan Bosco, huérfano de padre desde pequeño, creciendo en un mundo rural muy pobre, con poquísimas oportunidades y muchas privaciones, en una Europa marcada por la revolución. Jaime de Nevares, también huérfano de padre desde su niñez, pero creciendo en un ambiente acomodado y lleno de oportunidades que le permitió realizar estudios universitarios y recibirse de abogado como su padre, en una Argentina con amplias perspectivas y un promisorio futuro.

Ambos tuvieron el regalo de nacer y crecer en una familia cristiana, aprendiendo vitalmente en ella que la vida es significativa cuando se hace don y entrega. Ambos concretan ese aprendizaje respondiendo generosamente al llamado de Dios a ser sacerdotes. Y esa vida sacerdotal tuvo, en ellos, un sello especial: el servicio a los más pobres, los más sufridos, los jóvenes; y una misma tierra donde volcar sus mejores energías: la Patagonia.

Don Bosco nunca llegará a la Patagonia, pero sí la sueña, la ama, la sufre y por eso envía a sus mejores colaboradores salesianos con un vasto proyecto misionero. Don Jaime, dejando Buenos Aires, será el padre y pastor de muchos en estas tierras, primero con su entrega como salesiano en varias obras educativas (Fortín Mercedes, La Piedad y el Don Bosco de Bahía Blanca, Viedma) y desde 1961 hasta 1991 como primer Obispo del Neuquén.

Con esta carta nos proponemos “hacer memoria” de estos dos testigos de la Fe misionera, tan ligados a la vida de nuestra Patagonia. No pretendemos abarcar todo su mensaje sino compartirles algunas reflexiones.

Queremos hacerlo respondiendo también a la invitación que nos hiciera el Papa Francisco: “mirar el pasado con gratitud”, “vivir el presente con pasión” y “abrazar el futuro con esperanza”. Nuestro anhelo es que la vida y la intercesión de Don Bosco y Don Jaime despierten y renueven con fuerza en todos nosotros nuestra vocación de discípulos misioneros.

1. Pasión por Jesús

La vida de Don Bosco y la de Don Jaime fueron marcadas por esa experiencia profunda del amor de Dios Padre en su Hijo Jesucristo. No se pueden entender la vida, los proyectos, las decisiones, la entrega de ambos sin esa profunda vida en Dios. Don Bosco, por ejemplo, lo manifiesta en 1862 al decirles a los primeros colaboradores, en el día que hacen su profesión religiosa: “mientras ustedes me hacían sus votos por tres años, yo los hacia a este Crucifijo por toda la vida, ofreciéndome en sacrificio al Señor, dispuesto a todo para procurar su mayor gloria y la salvación de las almas, especialmente, por el bien de la juventud”. Don Jaime, por su parte, pone de manifiesto esta realidad en su lema episcopal: “El amor de Cristo nos urge” (2 Cor 5,14).

En esta apertura a Dios y vida en la Fe, sus madres tienen ciertamente un protagonismo muy meritorio. A modo de muestra, mamá Margarita (la madre de Don Bosco) le dice a su hijo en el día de su ordenación sacerdotal (5 de junio de 1841): “Juan ya eres sacerdote, ya puedes celebrar la Misa. De hoy en adelante estarás más cerca de Jesucristo, pero recuerda que empezar a celebrar Misa es empezar a sufrir. De hoy en adelante piensa no en tu madre, sino en la salvación de los demás”. Y Doña Isabel, (la madre de don Jaime), al enterarse que su hijo había sido nombrado Director del Colegio “Don Bosco” de Bahía Blanca, le escribe una carta diciéndole: “¡Es bravo el potro! Dios te ayudará, yo pediré al Espíritu Santo que te colme con sus dones y a Ceferino que te allane el camino”.

Esta vivencia profunda de la presencia de Dios queda manifiesta en la bendición que Don Jaime imparte a su Diócesis unos días antes de su muerte y cuya grabación fue reproducida en la Misa de su Pascua: “Tata Dios nos pide coraje, que no nos achiquemos. Tenemos una doctrina que practicar, que predicar y que vivir. Y si cuando se presenta la oportunidad, cuando hay un riesgo en vivirla en toda su integridad, nosotros nos achicamos, entonces hemos perdido la oportunidad y Tata Dios se encuentra defraudado por nuestra falta de fidelidad. Sean Santos como Dios espera que lo seamos. En la vida cotidiana nada extraordinario; pero sí lo extraordinario de vivir hasta en sus detalles la doctrina del Amor”.

Ante el testimonio de Don Bosco y Don Jaime cabe preguntarnos: ¿está Jesucristo también en el centro de nuestra vida, inspirando nuestras decisiones y entrega? ¿cómo hacer para que la experiencia de la cercanía de Dios en Jesucristo incida en nuestra propia vida, en nuestra familia, en nuestra comunidad cristiana?


2. Pasión por la humanidad

Don Bosco y Don Jaime tenían plena conciencia que, como gustaba decir Don Bosco: “Dios nos puso en este mundo para los demás”.

El camino para ellos fue muy claro: salir de sí mismo, ponerse en marcha hacia el encuentro con los demás, y de una manera preferencial hacia los que sufren, y allí encontrar al mismo Cristo que los llamaba a una misión de servicio muy concreta. Penetrar la realidad, escuchar el grito de los pobres, tocar las heridas de Cristo sufriente fueron opciones claves que marcaron el rumbo y el estilo de sus vidas y el modo de anunciar el Evangelio de Jesús. Ese encuentro con el hermano los lleva a acciones concretas que no pueden esperar al día de mañana. Y, al mismo tiempo, los hace protagonistas de un cambio hacia una sociedad más justa, equitativa, pacífica.

Vivieron en épocas distintas y en contextos sociales y políticos muy dispares. Sus respuestas concretas a la realidad fueron, por ello mismo, diferentes. Pero en ambos brilló el mismo fuego del amor: entregar cotidianamente la vida para el bien de cuantos sufren.

Don Bosco, por ejemplo, como novel sacerdote caminaba por las cárceles de Turín visitando a los presos. Su corazón creyente le permitía reconocer en ellos a Cristo sufriente, y su pasión por el bien de los demás le hizo brotar esta reflexión que lo inspiró y animó a lo largo de su vida: “Constaté que la presencia de estos jóvenes en las cárceles se debían a que estaban completamente abandonados. Me pregunté entonces ¿y si estos chicos allá afuera tuvieran un amigo que se interesaría por su bien, los acompañara y los instruyera en la religión, no se reduciría el número de los que están en la cárcel? Le comuniqué mi pensamiento a mi director espiritual y con ayuda de sus indicaciones y consejos me puse a ver la manera de llevarlo a cabo, poniendo en las manos del Señor los resultados, ya que sin Él todos los esfuerzos humanos son inútiles”. Del Don Bosco que sabe escuchar a Cristo en los jóvenes presos, nacerá el Don Bosco que instituye casas, patios, escuelas y parroquias para los niños, adolescentes y jóvenes del Turín de 1840, marcado por el éxodo del campo a la ciudad, la revolución industrial, la explotación del mundo obrero, el hambre y la pobreza.

Don Jaime, a su vez, como obispo de la nueva diócesis del Neuquén, con sus pasos, sus opciones, sus decisiones y acciones proféticas, expresa su propia respuesta de amor a Cristo sufriente, a quien reconoce en quienes tienen hambre y frío, están de paso y desprotegidos, en la cárcel o desaparecidos. Sólo a modo de ejemplo, recordemos el Club de soldados que nace junto al Obispado para dar cobijo a los conscriptos lejos de su familia; los kilómetros recorridos para encontrarse con las comunidades mapuches y acompañarlas en su duro caminar; su intervención en defensa de los obreros en el conflicto surgido en la construcción del embalse de El Chocón; su preocupación para que cada ciudad o paraje tuviera su comunidad cristiana con algún sacerdote o religiosa o misionero/a; su participación en la APDH (Asamblea Permanente de Derechos Humanos) y en la CONADEP (Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas) en defensa de la vida de tantos; su acción concreta a favor de los migrantes, o en el apoyo del CEFAM (Centro de Formación y Animación Misionera) para que desde Neuquén el Evangelio llegara a los que aún no lo habían recibido; su cercanía y acompañamiento a las madres y abuelas de los desaparecidos en la dictadura militar; su breve y coherente participación en la Asamblea Constituyente de 1994. A modo de conclusión podríamos decir que su vida como Obispo de Neuquén se proyecta en la carta donde se presenta explicando su lema episcopal: “La caridad el amor de Cristo nos urge, nos espolea, nos empuja a entregamos de lleno a trabajar por la salvación de las almas, buscando al mismo tiempo, en la medida de mis fuerzas, alcanzar para el mayor número, las condiciones de vida económica y las posibilidades de orden moral y humano que facilitan la obtención de la vida eterna”, y se corona en la reflexión que comparte al celebrar su 80º cumpleaños: “El amor de Cristo nos apura, nos anima, nos empuja, nos urge. Ese amor es la humildad con el hermano, cariño de padre, sabiduría de pastor... a estar siempre abiertos y serviciales hacia todo el pueblo, porque es allí donde debe estar la Iglesia”.

Tanto Don Bosco como Don Jaime supieron acoger y asumir la propuesta “incendiaria” de Jesús, que no les permitía permanecer indiferentes ante la realidad que les tocó vivir. Ambos dieron respuestas plenas. Ambos vivieron una opción total por Cristo que los llevó, incluso, a chocar con personas y estructuras sociales y eclesiales distantes de Cristo y de su Evangelio. De los dos se puede decir lo que San Pedro afirmó de Jesús: “pasó haciendo el bien” (He 10, 38).

Dejándonos iluminar y guiar por el testimonio de Don Bosco y Don Jaime: ¿En que realidades sufrientes nos está hoy esperando Jesús? ¿qué opciones y respuestas nos invita a asumir y vivir sin ahorrar esfuerzos? ¿Qué nos está impidiendo acercarnos a este Cristo sufriente que nos sale al encuentro en tantos hermanos y hermanas que padecen la imposibilidad de una vida digna?


3. Hombres de Iglesia

No podemos comprender a don Bosco y a don Jaime si no los vemos en su relación de pertenencia y participación en la Iglesia Católica. Los dos fueron hijos de esta Iglesia que empezaron a conocer y amar desde la tierna infancia participando de la Misa con sus padres y hermanos y recibiendo de ella la Palabra de Dios.

La Iglesia en el Piamonte, en la primera mitad del Siglo XIX, y en la que vivió Don Bosco, estaba muy ligada al poder político, llegando a ser en buena parte dependiente del mismo. La Iglesia en Argentina, en el Siglo XX, y en la que vivió Don Jaime, estuvo, como todo el país, zarandeada por los muchos vaivenes institucionales -gobiernos democráticos y golpes de Estado-; por el violento accionar de grupos guerrilleros y por el lamentable e inicuo período de dictadura militar cuyas dolorosas consecuencias gravan aún hoy la convivencia social y política. La misma Iglesia, Madre y Maestra, pero con rasgos bien diferentes. Pero, más allá de estas enormes diferencias, la actitud de Don Bosco y de Don Jaime fue idéntica: amar y servir a la Iglesia con fidelidad y entrega.

En esa Iglesia del 1800 Don Bosco fundó la Congregación Salesiana para el bien de los jóvenes pobres y necesitados. A esa Congregación, que la iglesia había reconocido y asumido como una obra providencial, se sumó Don Jaime y en ella se entregó a pleno hasta el final de su vida, como “hijo” de don Bosco, haciendo presente la misión que el Espíritu Santo le había regalado a la Iglesia y al mundo en la persona y carisma del Fundador.

Tanto Don Bosco como Don Jaime tuvieron sus dificultades, incomprensiones y hostilidades. Basta recordar aquí cuánto le costó a Don Bosco la aprobación de la Congregación o el largo conflicto con su Obispo. Y a Don Jaime cuánto le dolió el silencio y la oposición explicita de algunos de sus hermanos en el Episcopado a causa de sus tomas de posición frente al gobierno militar, su apoyo y acompañamiento a las madres de Plaza de Mayo, su oposición a la guerra de las Malvinas o su defensa de la Biblia Latinoamericana. Nada ni nadie, Sin embargo, los llevó a traicionar, criticar, o alejarse de la Iglesia. Fueron hijos que la amaron, trabajaron para mejorarla, la defendieron y se mantuvieron fieles a sus enseñanzas.

Nos preguntarnos entonces: ¿Cuál es mi relación con la Iglesia? ¿Soy capaz de amarla no obstante sus límites, pecados y defectos? ¿o me escandalizo y distancio de ella? ¿Me esfuerzo, en mi vida cotidiana, para hacerla más creíble y confiable? ¿cómo?


4. Despertando y sumando obreros para el bien

La vida de Don Bosco y de Don Jaime ciertamente manifiestan su profunda Fe. Pero su testimonio y su palabra han sido siempre también una invitación a que muchos se sumen para hacer el bien y, desde esa entrega, pudieran tener la experiencia de Dios que nos colma de bienes.

Don Bosco vivió con la mística de hacer todo el bien que está a nuestro alcance. Y la sembró en tantas personas que la providencia le concedió acompañar. A modo de ejemplo revivamos unas páginas de la historia. En 1875, cuando él ve con claridad que es de Dios que sus salesianos vengan a la Patagonia, lanza ese proyecto a todo el oratorio de Turín. No faltaron quienes pensaban que llevar adelante ese sueño iba a ser imposible. ¿Quiénes se animarían? La sorpresa, ante la respuesta numerosísima de disponibilidad, fue enorme. ¡Hasta los chicos más pequeños se ofrecían! Esa misma respuesta generosa había recibido cuando, en 1854, invitó a los alumnos a sumarse para socorrer a los afectados por el cólera. Inmediatamente muchos se ofrecieron para ese servicio arriesgando su salud y su vida. O, cuando urge la necesidad de crear nuevos Oratorios y Colegios, sea en Turín, sea en las afueras, no duda en convocar a laicos y sacerdotes para que aporten su tiempo y capacidades. A todos les invita a responder al llamado de Dios a cuidar de la juventud. Así nace la Familia Salesiana: laicos, consagrados y sacerdotes al servicio de la misma misión.

Don Jaime vivió muy de cerca, en su propia familia, esa claridad del evangelio en procurar el bien de los demás. Como joven estudiante, participó en la asociación de los Vicentinos, “gastando” mucho tiempo y energías con los canillitas en su Buenos Aires. Como Obispo del Neuquén, ya desde sus primeras palabras, valoró y llamó a sumarse para hacer el bien: “la unión hace la fuerza. Nos esforzamos para hacer el bien, y desde el primer momento he podido palpar y medir la óptima voluntad de leal colaboración de las autoridades a fin de tender, cada uno en su esfera y estrechamente unidos, a la felicidad terrena y eterna de todos y cada uno de los habitantes de Neuquén...”. En muchas de sus cartas invita y motiva a la colaboración. Por ejemplo ésta a la Junta de Cooperadoras que presidía su madre: “Que la Junta abra el ojo en cada oportunidad porque son el instrumento que utiliza la providencia para mantener a sus pichones”. En 1964, cuando el hambre amenazaba la vida de muchas familias neuquinas, hizo un llamado tal a la solidaridad que suscitó la respuesta generosa de mujeres y hombres de todas las clases sociales y de todas las religiones, generando así la apertura de Comedores Infantiles. En su andar misionero por Neuquén, su testimonio y su palabra fueron siempre una invitación y estímulo para que cada uno brindara todo lo bueno que tenía para construir un mundo más a la medida del proyecto de Dios. Recordemos el seguimiento que les brindaba a los numerosos Grupos Misioneros que venían de muchas partes del país, y cómo varios miembros de esos Grupos se quedaron en Neuquén respondiendo a la invitación de Don Jaime. Recordemos también su aporte para la creación de Fundaciones con la finalidad de la educación de los más pobres; su participación en la creación de la Confederación Mapuche y de las Cooperativas en tantas comunidades; su animación a los docentes que dieron inicio a ATEN (Asociación de Trabajadores de la Educación del Neuquén). Don Jaime fue un profeta de la opción preferencial por los pobres desde su notable Fe en el Evangelio de Jesús. De ahí la coherencia en su vida personal y no solo en su actividad pastoral. Vivió pobre porque siguió a Jesús pobre en el cauce de la espiritualidad salesiana.

Interpelados por el ejemplo e invitación que nos dejaron Don Bosco y Don Jaime, preguntémonos con honestidad ¿no vivimos acaso demasiado encerrados en nuestras necesidades, proyectos, comodidades, olvidando que tenemos algo para brindar a los demás? Abriendo los ojos a nuestro contexto (barrio, capilla) ¿hay alguna iniciativa al servicio del bien de los demás a la cual me puedo sumar? ¿A quién puedo invitar para que dé una mano en lo que estoy haciendo en la Comunidad?


5. Conclusión

Nos alegra concluir estas reflexiones afirmando que Don Bosco y Don Jaime, con valentía y alegría, fueron testigos de Jesús. En su caminar misionero tuvieron grandes dificultades, pero nunca se achicaron y crearon comunión con cuantos se les acercaron venciendo las diferencias y los prejuicios.

Nuestro saludo, nuestra oración y nuevamente la invitación a todos a dejar que estos dos testigos de la Fe renueven la nuestra y la hagan rica en obras: “demostremos nuestra Fe con obras” (Santiago 2,18).

La Virgen María, que con su protección cuidó la vida cristiana de Don Bosco y Don Jaime, cuide la nuestra, la de nuestras comunidades, y la de nuestra Patagonia.

 

Agosto del 2015


 
 
 

Virginio Bressanelli, scj
Obispo de Neuquén
 

 

Juan José Chaparro, cmf
Obispo de San Carlos de
Bariloche

 

Esteban M. Laxague, sdb
Obispo de Viedma
 

 

Miguel E. Hesayne
Obispo emérito de Viedma
 

 

Fernando Croxatto
Obispo Auxiliar de
Comodoro Rivadavia

 

Miguel Ángel D'Annibale
Obispo de Río Gallegos
 

 

José Slaby, c.ss.r.
Obispo de la Prelatura de
Esquel

 

Marcelo A. Melani, sdb
Obispo emérito de
Neuquén

Marcelo A. Cuenca
Obispo de Alto Valle del
Río Negro

 

Joaquín Gimeno Lahoz
Obispo de Comodoro
Rivadavia

 

Fernando Bargalló
Obispo emérito de
Merlo-Moreno

 

Néstor H. Navarro y Pedro Pozzi, sdb
Obispos eméritos de Alto
Valle del Río Negro

 


 

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